Mario Caballero / Columna

Letras Desnudas / Mario Caballero

*** Cuando Bartlett protegió a un asesino

A finales de enero de 1947, el presidente Miguel Alemán Valdés hizo llamar al Coronel Marcelino Inurrieta de la Fuente y le ordenó consolidar el proyecto de un organismo policiaco y de seguridad. Le dijo: “Quiero a los mejores. Algo así como un FBI de huaraches”.
La tarea de esa corporación sería única y exclusivamente mantener informado al presidente de la situación política y social del país, además de cuidar de su seguridad personal. Fue así que Inurrieta buscó para integrar esa policía secreta a jóvenes egresados del Colegio Militar, principalmente, y ésta quedó al mando de la Secretaría de Gobernación entonces a cargo de Héctor Pérez Martínez.
El primer director de la DFS fue el mismo coronel Inurrieta, que para complacer al presidente Alemán pagó grandes cantidades de dinero para que los primeros miembros de esa nueva institución fueran capacitados por el FBI. De este modo, los muchachos viajaron a Washington y a otras escuelas policiales de Estados Unidos a recibir cursos especiales.
Aquellos primeros elementos portaban credenciales firmadas por Alemán Valdés y eran conocidos bajo el apelativo de Los Tiernos. Entre los hombres escogidos por Inurrieta estaban Melchor Cárdenas, Fernando Gutiérrez Barrios (a la postre director de la DFS) y Jesús Miyazawa (poco tiempo después acusado de proteger una banda de secuestradores). Según informes, más tarde se unieron a este grupo varios elementos de la seguridad personal del presidente, como los hermanos Hugo y Arturo Izquierdo Hebrard, que fueron conocidos por sus presuntos nexos con el narcotráfico.
Sin un marco legal de actuación específico –salvo las órdenes dictadas por la Secretaría de Gobernación- la Dirección Federal de Seguridad combatió las guerrillas urbanas en el estado de Guerrero durante los años sesenta y setenta. Sin embargo, hasta la tarde del 29 de noviembre de 1985, día que dejó de existir, llevó a cabo asesinatos, secuestros, torturas, encubrimientos de capos de la droga y otras operaciones ilegales al amparo del poder.

Operación Noticia
El mayor escándalo de la DFS suscitó durante el gobierno de Miguel de la Madrid. Se calificó como crimen de Estado. El director de esa policía secreta fue considerado el autor intelectual de la muerte del periodista Manuel Buendía.
Manuel Buendía Tellezgirón fue uno de los periodistas más influyentes de su tiempo. Se ufanaba que su columna, Red Privada, se publicaba en más de cien diarios en todo el país. Cuentan sus amigos que era un hombre alegre, disciplinado en el oficio y de gran olfato periodístico. En la época en que no existía san Google, tenía uno de los archivos más completos y ordenados, hecho de apuntes pasados a máquina, recortes de periódicos y revistas, fotografías, etcétera, del cual nutría sus precisos artículos.
El miércoles 30 de mayo de 1984, llegó a su oficina alrededor de las diez de la mañana y se puso a escribir su columna. Al mediodía, salió a comer con José Carreño Carlón y Víctor Flores Olea, y después regresó a su despacho a darle los últimos retoques a la columna que enviaría a Excélsior a la mañana siguiente.
A las seis y media de la tarde, Buendía abandonó el edificio en el que se encontraba su oficina y caminó hacia un estacionamiento cercano. Su asistente, Juan Manuel Bautista, que había salido unos segundos después, caminaba a unos metros de él sobre la avenida Insurgentes.
En ese momento, un hombre de aspecto musculoso se le acercó por detrás a Buendía, lo jaló del cuello de la gabardina y le disparó cinco veces por la espalda. Luego corrió hacia una motocicleta que lo esperaba en la esquina de Londres.
Escasos minutos después, apareció en el lugar del crimen el director de la DFS José Antonio Zorrilla Pérez.
Dos reporteros de Excélsior que también llegaron al lugar se sorprendieron de la rapidez con que Zorrilla había llegado. Así que para salir de la duda, recorrieron varias veces el trayecto que lleva desde Plaza de la República, dirección donde se ubicaban las instalaciones de la Dirección Federal de Seguridad, hasta Insurgentes Centro, y notaron que hacer el recorrido en medio del tráfico de las 18:30 era mucho mayor que el que le había tomado a Zorrilla esa siniestra tarde.
De acuerdo a varias investigaciones periodísticas, se sabe que José Antonio Zorrilla tuvo varias muestras de magnanimidad hacia Manuel Buendía. En una ocasión giró instrucciones para que el periodista tuviera una escolta personal que lo protegiera las 24 horas del día. Supuestamente porque la columna le había conseguido muchos enemigos poderosos entre las cúpulas del gobierno, los partidos, el narcotráfico y los sindicatos.
Aunque asegura el periodista Miguel Ángel Granados Chapa (que dedicó 25 años de su vida a recolectar información sobre el caso Buendía), que la verdadera intención de Zorrilla Pérez era conocer a detalle la rutina y los movimientos de Buendía antes de poner en ejecución la Operación Noticia.

La Omnipotencia de Bartlett
Durante la gestión de José Antonio Zorrilla, la DFS dejó de hacer espionaje político y empezó a inmiscuirse en el tema del narcotráfico, obteniendo control sobre el mismo y protegiendo narcotraficantes a cambio de sobornos. Cuando Rafael Caro Quintero fue detenido declaró que había regalado autos de lujo y mucho dinero a los altos mandos de esa dependencia.
Otra prueba de que esa policía secreta daba impunidad a los narcos se dio durante el asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena, tras el cual Caro Quintero y sus hombres huyeron de México con credenciales de la DFS que Zorrilla Pérez había firmado. Un fotógrafo de ese organismo, de apodo El Cepillín, manifestó que él mismo había tomado las fotografías.
De todo eso estaba informado Manuel Buendía, que obtuvo de José Luis Esqueda, funcionario de la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales de Gobernación, el expediente que relacionaba a Zorrilla con el narcotráfico.
La DEA informó al presidente Miguel de la Madrid de los malos manejos de la corporación y primordialmente del director José Antonio Zorrilla, pero el entonces secretario de Gobernación, Manuel Bartlett Díaz, siempre lo protegió. Como cuando los rumores de la infiltración del narco en la DFS llegaron a oídos del subsecretario de Gobernación, Jorge Carrillo Olea, que puso a Bartlett al tanto de los hechos y éste se negó a escucharlo y le dijo que no fuera tan crédulo.
El día del homicidio, Zorrilla subió a escondidas al despacho de Buendía y revisó sus papeles. Ahí se enteró que el periodista preparaba un artículo sobre las conexiones de políticos con el crimen organizado. En sus dos columnas anteriores ya había hecho eco de las denuncias de obispos católicos que revelaban las infiltraciones de los capos en la estructura del gobierno federal, especialmente en los niveles más altos de la policía.
Obsesionado, Zorrilla logró conseguir que el presidente De la Madrid lo pusiera al frente de la investigación que correspondía a la procuraduría capitalina, y sólo se dedicó a entorpecer el proceso. Al final, dice Granados Chapa en su libro Buendía. El primer asesinato de la narcopolítica en México, que mandó a matar a José Luis Esqueda.
Cierto día, el asistente de Manuel Buendía fue llamado a una diligencia y vio entrar al edificio de la DFS a quien había matado a su maestro. Se trataba de Juan Rafael Moro Ávila. En cambio, Moro dijo que él sólo manejó la motocicleta y que el verdadero asesino material, bautizado como El Chocorrol, había sido liquidado por agentes de la DFS al día siguiente de realizar la Operación Noticia.
Al ser señalado como el autor intelectual del homicidio, Zorrilla Pérez huyó del país en un vuelo el 25 de mayo de 1985. Y el 3 de junio del mismo año, Bartlett Díaz entregó un informe a los periódicos en el que señalaba que no existía denuncia ni investigación en contra de José Antonio Zorrilla, y que en todo caso de lo único que podía responsabilizarse al ex director de la DFS es de haber tenido un control deficiente sobre las acciones de los comandantes y agentes a su cargo, acusados de proteger narcotraficantes.
A la sazón, ¿cuál era el interés de Manuel Bartlett de proteger al asesino, quien una vez detenido dijo que su trabajo era convertir al Secretario de Gobernación en presidente de la República?
Nadie sabe si fue cierto, pero indudablemente José Antonio Zorrilla no pudo hacer nada sin que el todopoderoso Bartlett lo supiera. ¡Chao!

@_MarioCaballero

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