Mario Caballero / Columna

Letras Desnudas / Mario Caballero

*** El poder por el poder mismo

¿Ha visto alguna vez los retratos de Francis Bacon? Son cuadros majestuosos, pero bastante horrendos. En ellos el cuerpo de quien es retratado se descompone hasta hacerse irreconocible. Los músculos se tuercen y los rostros se distorsionan. Quien aparece sentado en una silla no se sabe si es un hombre, un animal o un alarido. Las caras y las piernas se pierden en el óleo y el color se disuelve en tensiones que resultan muchas veces imposibles de discernir. Es el arte de la desfiguración.
¿No ha sido eso nuestra política en los últimos años? Una política que arremete contra sus fundamentos: los principios del equilibrio del poder, el sentido de la representación, la canalización del conflicto, el mando de la ley y la procuración del interés común. Una política que ha perdido por mucho los elementos básicos de la democracia para conducirnos a un pluralismo sin tono, sin color, sin una imagen clara y entendible: totalmente desfigurada como lo que pintaba Bacon.
Esa situación no debe tomarse a la ligera. Porque lo que pasa en la política es un fenómeno que a todos nos afecta. No hay que olvidar que de la política dependen nuestros gobiernos y de lo que éstos hagan pende nuestra estabilidad social, el crecimiento y el futuro inmediato de nuestros hijos.
Mucho se nos ha contado que el siglo XXI llegó de la mano del reformismo. Cambiar para alcanzar un mejor presente. Se nos ha dicho que, gracias a una serie de cambios ambiciosos en materia política y de democracia, nos soltamos de las cadenas del siglo XX para establecernos finalmente en los tiempos que nos demanda el mundo. Pero, la verdad, el problema de México sigue igual o peor que hace diecinueve años o, incluso, desde 1994.
Lo que ocurre en el interior de nuestros partidos políticos es reprobable. Todo lo que hay son pleitos de posiciones, pero sin posición, sin propósitos reales, de poderes sin rumbo. Y eso ha derivado en una vida política que no gasta esfuerzos en pensar ni decir para qué se quieren las cosas, para qué los puestos, para qué las candidaturas y para qué el poder.
Se pensó que la creación de más partidos políticos sería un error. Empero, eso vino a enriquecer la democracia, a vigorizar las propuestas y a multiplicar las alternativas de gobierno que, lamentablemente, se perdió en el camino. Lo que tenemos hoy es una profunda descomposición del sistema de partidos.
Esa brújula que es la ideología de cada militancia está difuminada, borrada o, en algunos casos, extraviada. Llegamos al punto de no saber quién es quién. Da lo mismo si se mira a la derecha, a la izquierda o al centro. Porque en realidad no hay ni derecha ni izquierda ni centro. Sólo hay congregaciones de políticos que pelean por espacios internos de poder como si eso fuera si único fin en la vida, y en eso se les va la vida.
Por ese vacío de ideales, los partidos están en crisis y la vida política nacional no tiene motivaciones ni propósitos públicos. ¿En qué creen? ¿Qué apoyan? ¿Contra qué están, en qué se distinguen? Por ese vacío todos se ven igual, la gente los mira como si fueran la misma cosa.
Ahora que están de moda las causas, los partidos se cuelgan de la que les dé más ganancias. No les importa cuál sea con tal de obtener cierta presencia mediática, limpiar algo su mala imagen o simplemente ir con lo que el momento indica. Sólo así se entiende que no haya contrapesos.
¿Cuál de todos apoya la iniciativa privada, las libertades individuales, la defensa de los derechos humanos? ¿Cuál prefiere la intervención del Estado en todas las actividades del país? ¿Cuál vota a favor del mercado global y cuál por encerrarse? ¿Cuál ofrece una estrategia de seguridad, de pacificación, de mejorar las condiciones laborales, educativas o de salud? Ninguno, la vida se les va en el discurso de coyuntura y ataques sin sentido ni propuesta.
El PRI, sin duda la institución política con los mejores y más progresistas estatutos, está desdibujado y no importa cuán precisos o fundamentados estén sus críticas al presidente de la República, al gobierno o al partido de éste, si al perder la brújula y erigirse como la militancia más corrupta y represiva de la historia, también perdió toda posibilidad de ser oposición.
¿Realmente qué bandera tiene cada partido?
El PAN, por ejemplo, organismo que se acusa de tener un predominante pensamiento derechista –que lo tiene-, siempre prefiere decir que es humanista sin que nadie sepa con qué se come eso. Y ojalá fuera humanista, pero lo único que tiene en su capital político son prejuicios, creencias sin identidad y casos de corrupción tan escandalosos que ninguno en su dirigencia ha dicho nada.
Se oponen al aborto, al matrimonio igualitario y a todo aquello que se consideraba inmoral hace doscientos años. A contrapelo, hay casos de panistas que encubren a sacerdotes pederastas.
El PRD es un partido a la deriva, convertido en una tribu de caníbales. Nada queda de aquella institución que alguna vez albergó entre sus filas las fuerzas izquierdistas y que representó la oposición más genuina y llena de argumentos inteligentes. Si alguna vez hubo una verdadera alternativa política fue el Sol Azteca.
Hoy, por desgracia, no es un partido sino un corporativo que cada día amanece más abandonado. El conflicto interno parece ser su única política pública y de seguir por esa senda pronto toda su militancia podrá caber en un cubículo.
Bajo lo que llamamos derecha, izquierda y centro en nuestro espectro partidario no hay ideas, sólo pleitos, tribus, canonjías, complicidades, golpes y grupos políticos que sólo buscan el poder por el poder mismo.
Sin embargo, todo ese fenómeno tiene en buena parte su fundamento en lo que la prensa ha llamado gatopardismo político o camaleonismo.

GATOPARDISMO
El origen del término gatopardismo surge de la novela italiana “El gatopardo” del escritor Giuseppe Lampedusa, publicada a mediados del siglo pasado, que en lenguaje político se refiere a la premisa de “cambiar todo para que nada cambie”, es decir, la estrategia de simulación para evitar cambiar el sistema que favorece a unos cuantos y perjudica a todos, haciéndonos creer que ahora sí va a revolucionar la forma de gobernar cuando en realidad los planes son muy distintos.
En el gatopardismo caben todos los actores políticos que no cuentan con ideales, que no tienen formación ideológica, sólo hambre de poder. Si no tienen oportunidades de crecer dentro de su militancia, brincan a otra. Por eso vemos la rapidez con que cambian de partido como si se cambiaran de ropa interior para seguir en el juego, según sean sus conveniencias y no sus convicciones.
Un ejemplo del que sabemos los chiapanecos es Carlos Morales Vázquez, todavía alcalde de Tuxtla Gutiérrez, quien empezó en el PRI, donde pasó largos años sin pena ni gloria alcanzando tan solo ser diputado local. De ahí saltó al PRD, con esas las siglas logró ser regidor de la capital chiapaneca y legislador federal, pero sin hacer nada en beneficio de la sociedad.
Hoy es de Morena, pero en lo que puede ser su único acto de honestidad asegura que no es militante de ese partido sino sólo fue candidato externo. Por eso dice que no tiene ningún compromiso con ningún morenista y no ve cuestionamiento alguno en que su “gobierno” esté plagado de priistas, pues él se siente orgulloso de haberlo sido en algún momento.
Por el mismo motivo, ha dicho que no le debe nada a nadie: ni al presidente López Obrador, ni al gobernador del estado, ni a los que votaron por él.
Otro caso reciente es el de un grupo de priistas ligados al ex candidato a la gubernatura Roberto Albores Gleason, que están saltando al partido Chiapas Unido en busca de posiciones de poder. Entre ellos está Jorge Constantino kanter, señalado de desviar los recursos del programa Prospera a la campaña de Albores. O Carlos Enrique Arreola Moguel, ex alcalde con presuntos nexos con bandas criminales, quien presume ser coordinador distrital de ese partido, acaba de concluir su gestión como alcalde de Cintalapa al cual gobernó con autoritarismo y corrupción.

¿QUÉ REMEDIOS HAY?
El vacío de ideología y gatopardismo son razones que impiden a mucha gente identificarse con los partidos. Es la desfiguración política cuyo único remedio tal vez sea el voto consciente e informado de los ciudadanos.
Llegó la hora de abrir los ojos para ver lo que sucede y abrir la boca para debatir lo que realmente importa. De lo contrario, seguiremos siendo gobernados por hambrientos de poder y más vulnerables a la trampa y el crimen. ¡Chao!

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