César Trujillo / Columna

Código Nucú / César Trujillo

*** Banalidad política

Otrora, los políticos partían de posturas ideológicas para crear sus discursos, reinterpretaban los hechos, construían identidad entre los militantes de sus partidos, mantenían una cercanía real con los votantes y presentaban radiografías que dejaban manifiestas no sólo sus lecturas, conocimiento de causa y su preparación, sino la profesionalización de quienes los asesoraban.

Es más, se ocupaban de hechos relevantes en el área que estuvieran inmersos. Independientemente de todo, buscaban mostrar avances que les permitían construir un camino para su futuro político: su comportamiento era otro y hasta los ánimos se desbordaban, según recuerdo. La preparación, pues, era importante y la inversión que hacían no era menor.

Hoy, eso parece asunto del pasado: presidentes municipales sin primaria concluida o inoperantes para responder a las necesidades más imperiosas (Ocozocoautla, Tapachula, San Cristóbal, Tuxtla, entre otros, son claro ejemplo), legisladores sin capacidad de articular una oración (en Chiapas hay varios), senadores sindicados por corruptelas, funcionarios inoperantes y bañados de soberbia, entre otros, toman decisiones para un grueso poblacional que termina pagando su ineficacia y mediocridad.

Fue la filósofa alemana Hannah Arendt quien dio una connotación conceptual al término “banalidad” cuando lo usó en Eichmann en Jerusalén, donde mantiene una tesis de que el nazi “criminal de guerra” tenía un comportamiento de obediencia que había sido impuesto por un sistema. Como pasa ahora mismo, pienso.

Ello la llevó a construir una profunda explicación sobre la bandera de muchos políticos en el poder y que ha colaborado a la destrucción de lo que tiempo atrás se consideraba ser político: la banalidad.

No se equivocaba Max Weber al señalar que la política debía ser interpretada como una vocación y que ello debía derivar en una gran responsabilidad social de quienes pretendían ejercerla. Punto. Así debiera ser en la praxis. Empero en la realidad no lo es. Tristemente no.

Por eso, los vemos posando para una foto con personas pobres, fingiendo escuchar los problemas cuando quieren el voto, degustando alimentos en una fonda de las periferias, viajando en el transporte público o cortándose el cabello en una peluquería del barrio sólo para mostrarse “humildes”.

Y vaya que desconocen el significado de lo que es la humildad: porque su comportamiento no los coloca en otro estatus social sólo por posar para una foto y menos, ojo, enarbola virtudes que desconocen y que no comparten, mismas que quedan impresas cuando terminan su gestión.

Los políticos hoy le apuestan a la era del like y a los seguidores, bots en muchos casos, que responden con mensajes que justifican ese comportamiento tan trivial y que explica el fracaso de sus administraciones periodo tras periodo.

Le apuestan al juego de las redes que se prestan a ser la válvula de escape donde la ira y los elogios son el pan de cada día sin importar nada más, pero olvidan el trabajo real y la forma de dirigirse con los ciudadanos que siempre queda grabada en los votantes, y que los persigue hasta convertirlos en cínicos que se niegan a sí mismos y que mutan de color para seguir enfermándose de poder.

Juzgue usted sus conductas, observe los desplantes que acostumbran, la liviandad de su lenguaje, la incapacidad de formular ideas propias que los llevan a recurrir a la descalificación del otro, de las instituciones y los procesos, y un largo etcétera que se encumbra al verlos comportarse como faranduleros y no como políticos.

No importa si se dicen de derecha, centro, izquierda o ultras, conceptos que ya han sido rebasados desde hace mucho por su propio comportamiento tan mezquino y por la repetición de patrones, pero que ellos insisten en replicar cada vez que hablan y que juegan a la diplomacia de felicitarse entre ellos porque se saben parte de la misma farsa.

Nadie les dice que su irresponsabilidad léxica y la superficialidad de su proceder conllevan a una trascendencia en la esfera privada y termina impactando en el imaginario público.

Deberían entender que muchas conductas son replicadas, que la banalidad es un cáncer del que se nutre la demagogia y cada vez que desde éste se nombra algo se le obliga a existir, a quedarse ahí, a deambular en el imaginario político que nos regala crisis a las que la frivolidad y superficialidad alimentan por los siglos de los siglos.

#MANJAR

.- Cuentan que ahora que vino la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, y el secretario de Educación, Esteban Moctezuma Barragán, se dio un encuentro con Pedro Gómez Bámaca, secretario General de la Sección VII del SNTE-CNTE Chiapas. En la reunión, el chiapaneco pataleó y exigió que quitaran a la secretaria de Educación en Chiapas, Rosa Aidé Domínguez Ochoa. Pero los berrinches no le salieron. La secretaria se queda, le explicaron. Le concedieron un interlocutor para que su colitis no vaya a agudizarse por el coraje de que no pudo lograr su cometido. Ni modo. La lucha de los maestros siempre será justa y la he respaldado, pero con tipo de “liderazgos” como éste no hay mucho qué decir.

#LástimaMargarito

 // “Es bien sabido que, al realizar una cosa, cualquiera que sea, a menos que comprendamos sus circunstancias reales, su naturaleza y sus relaciones con otras cosas, no conoceremos las leyes que la rigen, ni sabremos cómo hacerla, ni podremos llevarla a feliz término”. Mao Tse Tung. 

#LaFrase

 // La recomendación de hoy es el libro La abuela está en la casa porque he visto su voz de Fernando Trejo y el disco Dos pájaros de un tiro de Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina. // Recuerde: no compre mascotas, mejor adopte. // Si no tiene nada mejor qué hacer, póngase a leer. 

* Miembro de la Asociación de Columnistas Chiapanecos.

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