Mario Caballero / Columna

Letras Desnudas  / Mario Caballero

*** ¿Un paso adelante en la educación?

En los últimos 30 años, México ha experimentado transformaciones importantes. En lo político logró transitar de un régimen con un partido hegemónico y libertades acotadas a una democracia multipartidista, con elecciones libres y competitivas. Así como a una división de poderes efectiva y un gobierno de libertades que, entre otros factores, se sustenta en una prensa más libre, en el crecimiento de organizaciones civiles y otras formas de participación política no partidista.
Por otro lado, la economía mexicana se ha sofisticado y abierto al mundo. Según cifras oficiales, el PIB per cápita es 30% mayor en términos reales que en 1990. De ser una economía cerrada hoy tenemos una amplia red de tratados de libre comercio y exportamos más que los países de América Latina juntos. El cambio demográfico también ha sido muy profundo. Entre 1990 y la actualidad la población creció en más de 50 por ciento, al igual que la urbanización del país.
No obstante, la educación sigue siendo un tema pendiente. Y por lo mismo siguen sin arreglarse los históricos males que tienen que ver con falta de equidad, desigualdad del ingreso y, por supuesto, la pobreza.
La educación siempre se ha considerado un factor suficiente de cambio social. Es cierto, por sí misma no puede acabar con la inmensa pobreza de México, que padecen alrededor de 54 millones de mexicanos. Sin embargo, sí puede ayudar a mitigarla y disminuirla. Aunque para ello se requiere hacer consciencia de las necesidades y poner atención en las ineficiencias, y a partir de ahí dotar a cada alumno con los elementos indispensables para que se desenvuelva con éxito en el mercado laboral y tenga una vida plena.
Combatir la degradación social (violencia, inseguridad, pobreza, corrupción, impunidad, ilegalidad, etcétera) y construir una sociedad más justa y democrática es la línea estratégica del presidente Andrés Manuel López Obrador. Pero para que la educación desarrolle su potencial las escuelas deben renovarse, reorientar su operación, funcionar de manera eficaz y equitativa. El secretario de Educación, Esteban Moctezuma, ha dicho que esta administración se propone lograr, al mismo tiempo, una educación de calidad.
Para alcanzar ese objetivo ha planteado la instauración de lo que ambiciosamente ha llamado la Nueva Escuela Mexicana, que tendrá como prioridad obtener los máximos aprendizajes en los niños y jóvenes del país, teniendo como fin máximo la búsqueda de su desarrollo integral.

¿QUÉ ES? ¿CON QUÉ SE COME?
En las últimas semanas de septiembre, en el Congreso de la Unión, se dio una productiva discusión sobre la necesidad de reorientar la política pública en materia educativa. Más importante todavía fue que en el transitar de las leyes secundarias de educación (Ley General de Educación, Ley relativa a la Mejora Continua de la Educación y Ley General del Sistema para la Carrera de las Maestras y Maestros) se puso al descubierto el reproche y los reclamos de los mexicanos sobre el modelo educativo.
Por tanto, ¿en qué consiste la Nueva Escuela Mexicana?
En pocas palabras, se trata de brindar una educación inclusiva, que postule la igualdad de oportunidades y la no discriminación. También reafirma el derecho a la educación universal en México. Es decir, que la educación inicial, la básica, medio-superior y superior serán impartidas por el Estado en forma obligatoria y gratuita.
Además, supone dotar de valores y buenos principios dentro de un nuevo enfoque escolar y un reforzado perfil del docente. Se apoyará en un modelo pedagógico cuya razón de ser es la promoción de un aprendizaje científico con claro espíritu humanista y crítico. Se entiende también como un modelo educativo que propugne la equidad, la defensa de los derechos humanos, el cuidado del medioambiente, la excelencia y la mejora continua. En su diaria tarea educativa será vigilante de la perspectiva de género y dará fuerte impulso al respecto a la diversidad y la dignidad humanas.
Aparte de enfocarse en las principales materias de estudio como las matemáticas, la lectura, escritura y las ciencias naturales, también pondrá un importante interés en civismo, historia, filosofía, música, geografía, salud, deportes y educación sexual y reproductiva. Y establece que en el diseño de los planes de estudio se tomarán en cuenta la realidad intercultural, las particularidades y características de cada entorno regional de México.

¿SERÁ UNA REALIDAD?
La Nueva Escuela Mexicana es muy prometedora, pero en el discurso político. ¿Será una realidad?
Desde hace tiempo varias administraciones han anunciado, con bombo y platillo, la reforma al sistema educativo. Otras, como la de Peña Nieto, incluso habló de llevar a cabo una “revolución de la educación”. Empero, todas han fracasado en dos grandes sentidos: el sistema educativo no ha podido crear capital humano necesario para una economía competitiva, ni ha logrado ser un medio para la mitigación de las enormes desigualdades estructurales.
Prueba de ello son, primeramente, los lamentables resultados de aprendizaje: el 50% de los alumnos de educación básica obtienen calificaciones insuficientes en comprensión de lectura y un 60% en matemáticas. Y sólo hablamos de dos asignaturas cognitivas.
Otra muestra es la terrible deserción escolar. De cada 100 estudiantes que ingresan a la primaria sólo 45 terminan la secundaria, 27 el bachillerato, 13 la universidad y sólo dos llegan al posgrado. De ahí que el nivel escolar promedio del mexicano sea de secundaria. En consecuencia, los malos salarios.
La razón de ese fracaso es que durante casi un siglo el gobierno mexicano ha querido corregir el sistema educativo planteando soluciones desde el escritorio. Ha ignorado a los padres de familia y especialmente a los maestros.
Por eso la reforma peñista fue, en efecto, menos que una reforma educativa. No reescribía los planes de estudio, ni inventaba métodos de enseñanza. Era, propiamente dicho, una reforma política porque recuperaba para el Estado la rectoría de la educación. Nada más reacomodaba el tablero para hacernos ver a quien le pertenecía el mando.
De tal manera, si este gobierno quiere en verdad dar un paso adelante en la educación debe abrir las puertas al consenso, a las ideas, a los planteamientos, para escuchar las necesidades y preocupaciones de los padres, alumnos y maestros, expertos y organizaciones sociales que mucho tendrán que decir.
El SNTE, desde que es dirigido por Alfonso Cepeda Salas, ha dado señales de ser un sindicato que, a la vez de defender y proteger los derechos laborales de sus agremiados, también propone, participa, debate y realiza planteamientos a aras de elevar la calidad de la educación.
El jueves pasado, en Tuxtla Gutiérrez, la Sección 40 del SNTE, junto a sus similares 7 y 29 del estado de Tabasco, lanzó a sus agremiados una nueva convocatoria para participar en el foro “Diálogos Permanentes de la Nueva Escuela Mexicana” con la que pretende conjuntar un proyecto de propuestas que será entregado al Congreso de la Unión y al Congreso local, enfocado en tres puntos fundamentales: la inclusión educativa, la atención a la primera infancia y mejora para las escuelas normales.
Siendo honestos, la actual reforma educativa no tendría aspectos como la revalorización de los docentes, el respeto a los derechos adquiridos, la basificación de las plazas a los seis meses con un día y el derecho a la profesionalización, si no hubiera contado con las propuestas de los maestros del Sindicato Nacional. Así que bien valdría la pena conocer sus nuevas proposiciones.
En fin, la Nueva Escuela Mexicana será un proyecto exitoso si existe un verdadero esfuerzo de las autoridades educativas. Y sólo será una realidad con el compromiso y la participación de todos. ¡Chao!

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