Mario Caballero / Columna

Letras Desnudas / Mario Caballero

*** La ira feminista

Nadie entiende mejor el infierno que puede llegar a ser la violencia de género que quien lo padece. Abril Pérez Sagaón lo entendía, y creo que demasiado bien.

Estuvo casada por más de 25 años con Juan Carlos García, a quien admiraba, a quien en cierto momento le estuvo agradecida por haberle dado tres hermosos hijos, a los que ella crio con esmero, dedicación, amor. Y durante mucho tiempo hizo todo lo posible por ocultarles su dolor, su sufrimiento, los golpes y las amenazas que sufría de parte de su pareja. Lo hizo para protegerlos y para que ellos no sintieran rencor contra su padre, que nunca fue un papá ejemplar y menos un buen esposo.

Nadie puede negar que Abril tuvo una vida acomodada al lado de Juan Carlos, pero eso no compensaba la violencia. La abofeteaba si el café estaba demasiado caliente o si se demoraba dos minutos en servirle la comida. No soportaba que ella hablara por teléfono con su familia. O que aceptara una invitación para tomar el café con sus amigas sin su permiso.

No había hora en que no la reprendiera. La acosaba. La celaba. Una vez, al salir del centro comercial la golpeó en el estacionamiento con el pretexto de que ella se había tomado mucho tiempo haciendo las compras. Y no le importó que hubiera gente viéndolos. Le pegó en la cara, en el pecho y la metió al carro de un puntapié.

En los rincones de la casa la toqueteaba obscenamente. Si la llamaba para acostarse en la cama no era para hacerle el amor, sino para humillarla, para satisfacer su lujuria, hacerle sentir que le pertenecía, que su cuerpo era de él. Mientras tanto, Abril esperaba que nadie estuviera en el hogar para encerrarse en su recámara, a pasar su tormento en silencio.

Los hijos fueron creciendo, ignorantes de la situación de su madre. Y no se enteraron de nada sino hasta que fueron jóvenes.

Abril tenía una mejor amiga, Claudia Arroyo, quien por años fue su confidente. Le contaba todo. Era de las pocas personas a la que más confianza tenía. Una ocasión le dijo que tenía la sospecha de que era vigilada por su esposo, porque al regresar de una reunión que ella tuvo con sus excompañeros, éste le mostró una foto, acusándola de tener un amante. Y esa foto sólo pudo ser tomada por un detective, le dijo.

En otro momento, le mostró los moretones de sus brazos, de sus piernas, de su abdomen, producto de los golpes de su marido, quien cínicamente escribía en Facebook que Abril era el amor de su vida.

Después de eso le dijo a Claudia que tenía meses de dormir en la recámara de su hija, y le reveló que había tomado esa decisión después de que Juan Carlos intentó ahorcarla estando ella dormida y que se defendió pateándolo. Se desabotonó un poco la blusa y le enseñó las marcas que tenía en el cuello.

Juan Carlos es un hombre bastante conocido en la ciudad de Monterrey, Nuevo León. Es un exitoso emprendedor, que ha sido contratado por diversas y muy importantes multinacionales. Lo cual le ha permitido tener cierta comodidad económica y relaciones con gente poderosa. Pero Abril se cansó de él y de sus maltratos.

No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, dice un aforismo. Cierto día, aunque temerosa por cómo fuera a reaccionar Juan Carlos, le pidió el divorcio y éste aceptó con la condición de que le diera un poco de tiempo. Pasaron los días, las semanas, los meses y nada. Sólo le daba largas. Hasta que después de tanta insistencia fijaron una fecha, en la que darían parte a sus hijos de su separación. Esa era el 4 de enero de 2019.

Ese día, por la noche, horas antes de que se reunieran con sus hijos, Juan Carlos la golpeó con un bate de béisbol, fracturándole el cráneo, y luego quiso degollarla con un cúter. Se salvó de milagro.

Después de eso lo denunció y se fue del departamento. Su abogado le aconsejó que hiciera una conferencia de prensa, pero no quiso. Temió por sus hijos. Y durante ese tiempo recibió muchas horas de ayuda de parte de profesionales, amigos y familiares. A partir de ahí se convenció de que la vida de una mujer que ha recibido violencia puede recuperarse. Así que pensó en fundar una asociación en el norte de México para ayudar a otras mujeres que han vivido el mismo infierno. Se lo contó a su hermano Javier.

En septiembre de este mismo año, su exesposo fue detenido, pero por aparente tráfico de influencias fue liberado el 3 de noviembre. El juez que dictó su liberación alegó que como ella estaba dormida cuando la golpeó, era violencia doméstica y no intento de homicidio. Y que, como el bate de béisbol es algo para jugar y no un arma, la acusación era improcedente. Es decir, en la extraviada mente del juez, la agredida tuvo la culpa por meter la cabeza cuando Juan Carlos hacía prueba de bateo ¡en la cama!

Una vez en libertad, Juan Carlos pidió una diligencia a través de sus abogados para que los psicólogos analizaran si ella influía en sus hijos para ponerlos en su contra. Por eso mismo, Abril se mudó junto con sus hijos a la Ciudad de México desde el verano anterior. Y al salir de esa audiencia la asesinaron.

Abril iba de vuelta al aeropuerto, sus hijos dormitaban en el automóvil, en el que también viajaba su abogado. Una persona se les acercó en una motocicleta y le disparó dos veces detrás de la cabeza. El perito que revisó su cuerpo dijo que hacía mucho tiempo que no veía un balazo tan certero. No fue un asalto, pues los tiros iban directos a ella.

En su cuenta de Twitter, Ana Cecy, su hija, llamó a su padre “sociópata narcisista”. Aunque ninguno de la familia ha querido inculpar directamente a Juan Carlos García, no dudan que haya sido él el autor intelectual del feminicidio, pues fue el único que ejerció violencia contra Abril, que irónicamente fue asesinada el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

RESPONSABILIDAD DE TODOS

En el último año, 3 mil 123 mujeres han sido asesinadas en México. Y al terminar este día, otras diez también lo habrán sido. Por eso mismo, entiendo la ira con que grupos feministas han reclamado lo elemental: el respeto a la dignidad y a la vida misma. Ante la ola de feminicidios, ¿habría que esperar suaves peticiones, suplicar trato humano sin incomodar a nadie? Claro que no.

Aunque, a la verdad, atacando el patrimonio público y causando destrozos en monumentos históricos tampoco resuelve nada. Lo que se necesita es organización, reclamar los derechos con tesón, pero en un ambiente de legalidad.

El Congreso del Estado de Chiapas, por ejemplo, impulsó la creación de una Comisión Especial que atiende y da seguimiento a los casos de violencia de género y feminicidios, misma que es presidida por la diputada Haydeé Ocampo Olvera. Y a través de ésta se ha logrado que las autoridades estatales atiendan los temas de mujeres que han sido violentadas y se haga justicia a quienes fueron cobardemente asesinadas.

Sin duda, eso ha logrado dar un paso decisivo en el combate a la violencia hacia la mujer, en el respeto a sus derechos y en el fortalecimiento de las instituciones competentes.

Por lo cual, no es con vandalismo sino con participación activa, legal y conjunta que se tiene que combatir el flagelo feminicida. Usar las facultades ciudadanas para exigir respuesta al aparato de justicia. Y, desde ahí, fomentar toda una cultura de respeto a las libertades de la mujer, incluyendo a la sociedad, las escuelas, los organismos autónomos, las asociaciones civiles y, desde luego, el Estado.

Los movimientos feministas han levantado la voz contra el abuso y la indiferencia gubernamental, pero es responsabilidad de todos poner en movimiento la posibilidad de cambio. ¡Chao!

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