Mario Caballero / Columna

Letras Desnudas / Mario Caballero

*** Historia de un suicidio

En la víspera del 31 de diciembre de 2018, cuando todo el mundo está pensando en los festejos de año nuevo, Hugo se encerró en el garaje de su casa, se puso una cuerda de rafia alrededor del cuello y se colgó de una viga. Como todo suicidio, el suyo fue una tragedia que entristeció a muchísima gente, incluso a aquellos que sólo lo trataron de saludo.

Quienes lo conocieron dicen que Hugo era un muchacho alegre. Buen mozo. Tenía un talento singular para la música. Su padre, que tocaba en un trío, le enseñó a tocar la guitarra. Hugo fue mucho más allá y logró dominar el bajo, el contrabajo, el bajo sexto, el teclado, el acordeón y la batería. Sólo a la tarola le sacaba más de veinte diferentes tonalidades. A pesar de ello, nunca ambicionó la fama. A la verdad, las ofertas de trabajo de grupos profesionales nunca le faltaron.

Vivía en el lado sur oriente de la ciudad. Siempre en la misma casa donde nació hacía casi cuarenta años. Vivía con su madre y tres de sus hermanos, todos mayores de edad y trabajadores. Los otros, más grandes que él, ya habían formado sus propias familias y encontrado otro hogar.

Cabe decir que su trabajo de músico le daba a ganar lo suficiente para independizarse, pero nunca se vio viviendo en otra casa donde no estuviera su mamá, como muchas veces les contó a sus amigos. Por eso, el cuarto que él mismo había construido en la segunda planta estaba completamente amueblado. Tenía refrigerador, estufa con campana, televisor, cama king size, comedor, closet, juguetero y muchos instrumentos musicales. “Para cuando llegue la indicada, no le haga falta nada”, decía. Porque, sí, era soltero. Aunque novias no fue precisamente lo que le hizo falta.

Hugo era acomedido. Cuando no estaba ensayando o trabajando, se la pasaba ayudando en cualquier cosa a sus amigos y compadres, que los tenía a puños. Pero había una familia por la que él sentía mucho aprecio, y era muy bien correspondido. Con ellos pasaba tardes y noches enteras cantando, platicando, compartiendo una copa o simplemente sentados frente al televisor. La noche que decidió poner fin a su vida estuvo con ellos varias horas, que vivían a escasos cincuenta metros de su casa. “Mañana regreso temprano a ayudarte a preparar la botana”, le dijo a su comadre. Una hora después todo el vecindario lamentaba su muerte.

Se despidió de sus compadres y fue a su casa. Eran alrededor de la diez de la noche. Tuvo que aventarle piedritas a la ventana del cuarto de su hermano Edgar para que le abriera la puerta, ya que había vuelto a perder las llaves. Le abrieron. “Otra vez borracho, Hugo. ¡Qué bárbaro contigo! ¡Ya párale, carnal!”, le dijo, con buen tono. Ciertamente, Hugo tenía problemas con la bebida. No al extremo de quedar tirado en las calles, pero lo suficiente para preocuparse.

Apenado, le dio las gracias a su hermano y fue al baño a cepillarse los dientes. Luego se dirigió a la cocina, donde se sirvió agua en el mismo vaso de siempre, uno de cristal que nadie más usaba. Cuenta su hermano que charlaron por unos diez minutos y después él se subió a su cuarto a dormir. Hugo se quedó sentado en la mesa del comedor. Al poco tiempo, un grito fuerte, de espanto, despertó a la familia y a muchos vecinos.

Fue una de las hermanas de Hugo quien lo encontró colgado. Ella era la única del hogar que tenía automóvil. Al llegar, abrió el portón y se topó con esa terrible imagen que la perseguirá hasta el final de su vida.

Corrió a tratar de levantar a su hermano abrazándolo de los pies. Hugo todavía se movía, pero su rostro ya estaba morado. Sus dos brazos colgaban en los costados. A los pocos segundos llegó Edgar y junto con tres vecinos lograron descolgarlo. Durante varios minutos le realizaron maniobras de resucitación, y nada. Después los paramédicos, al revisarlo, informaron que ya no presentaba signos vitales.

Según cuentan sus familiares, dejó un recado póstumo. Les pedía perdón a todos por lo que había hecho, especialmente a su madre, a quien le decía que la amaba como a nadie más en la vida. Su última petición fue que cuidaran a sus sobrinos.

¿POR QUÉ?

¿Qué lleva a una persona a quitarse la vida? Un estudio cuenta que el suicidio está íntimamente relacionado con enfermedades psiquiátricas: más del 90% de los suicidas presentan un trastorno de ese tipo. Los más comunes son depresión (64%), alcoholismo (15%), esquizofrenia (3%), ansiedad (3%).

Muchos consideran que suicidarse es una cobardía. Otros no. Lo real es que cada cuarenta segundos una persona pone fin a su existencia en el mundo, según datos de la Asociación Internacional de Prevención del Suicidio. Es decir, más de un millón y medio de vidas perdidas al año.

Sin embargo, esto es sólo una parte del problema, ya que por cada suicidio consumado más de 25 personas lo han intentado y muchos más han tenido intenciones de hacerlo. Y se estima que por cada suicidio cerca de 135 personas sufren las repercusiones emocionales de la muerte, que representa la pérdida de un amigo, un padre, un hijo, un hermano. Así, pues, cerca de 108 millones de personas son afectados anualmente por los comportamientos suicidas.

Llamado también como “la puerta falsa”, muchos chiapanecos la han cruzado últimamente creyendo que es la salida (salida errónea, por supuesto) a sus problemas físicos, sentimentales, morales o económicos. En el caso de Hugo nunca se supo. Muchos sospechan que quizá tomó la determinación por el alcoholismo. Sus familiares lo atribuyen a la pérdida de su padre, quien fue su mejor amigo.

Actualmente, la cifra de suicidios en Chiapas ha aumentado de forma preocupante en los últimos meses, sobre todo en jóvenes entre 15 y 28 años de edad. Aunque, de acuerdo con la Sociedad de Criminólogos, también se ha disparado el número de niños que se quitan la vida por una fuerte razón: el acoso escolar o “bullying”. La depresión es otra de las causas.

Hoy, Chiapas es la entidad número 12 con más suicidios en todo el país. Según el INEGI, el año pasado hubo al menos 160 casos (1 cada dos días en promedio), y en lo que va de 2020 ya se reportan 14, entre éstos un migrante que se ahorcó en la ciudad de Tapachula. Muy lamentable fue el caso de Yuri Esther Reyes May, la adolescente de 15 años que transmitió su suicidio por Facebook.

¡AYUDÉMONOS!

Si bien la ciencia ha tratado de responder la incógnita de por qué la gente se suicida, no podemos dejar de aceptar que también nosotros tenemos algo de culpa. Nos hemos desobligado de supervisar a nuestros niños, a nuestros jóvenes, de platicar con ellos, de ser sus padres, sus amigos, sus maestros. Consecuencia de ello son sus adicciones y su bajo rendimiento escolar, por decir algo.

Por tanto, ¿qué hubiera pasado si a todos los que tomaron la decisión equivocada alguien les hubiera prestado un poco de atención o, al menos, escuchado?

Creo que, llegado a este punto, todos deberíamos hacer algo como sociedad. Sobre todo, sabiendo que el suicidio es la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 y 24 años de edad, y la quinta en niños de 10 a 14 años.

Los psiquiatras son los profesionales de la medicina más adecuados para ayudar a la gente que presenta ese problema. Pero la más grande ayuda está en los que amamos, en los que nos rodean, con los que convivimos. Está también en nosotros mismos. Elevando la autoestima, aceptándonos como somos, agradeciendo por lo que tenemos y hasta por lo que no tenemos, ¿por qué no?

A mí me dolería perder a un ser querido en esas condiciones. Ayudémonos, todos, a vivir con alegría, con intensidad, fomentando la tolerancia y el respeto. Vivamos soñando que viviremos por siempre. No sabemos a dónde iremos después de morir. Mientras tanto, aprendamos a convertir nuestros miedos y frustraciones en experiencias; nuestras debilidades en fortalezas; a andar de puntitas por la vida para que la muerte nunca nos escuche.

Haciendo eso, tal vez, logremos dibujar una sonrisa en esa hermosa persona que nos dio la vida y a la que le debemos tanto. Ojalá Hugo lo hubiera hecho, y así su madre se hubiera evitado tanto dolor. ¡Chao!

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