Crisis humanitaria

Los migrantes de Haití se han convertido en el centro de atención para México y el mundo. Desde Chiapas, donde se encuentran varados, intentando una y otra vez, continuar su camino hacia el centro del país, miles de ellos, solos o con familia, viven situaciones de supervivencia que ningún ser humano quisiera padecer.

Hacinados en viviendas que rentan, durmiendo en el suelo, sin comida y sin dinero, se han convertido en el principal dolor de cabeza para las autoridades del gobierno federal, que se han visto superados por el ingreso incontrolable de este grupo de seres humanos, que incluso, han rebasado por mucho, la migración que habían generado en los últimos años, centroamericanos provenientes de El Salvador, Nicaragua y Guatemala, principalmente.

Los haitianos, han puesto la mira en Estados Unidos de Norteamérica como el punto central para aliviar sus penas económicas. Los terremotos que han azotado a su país en la última década, han acentuado la pobreza y por ello deciden salir de la pequeña isla que habitan en el Caribe. Ser independientes les costó que dejaran de tener el apoyo económico internacional. El asesinato de su presidente Jovenel Moiseu ocurrida en el mes de julio pasado, agravó la crisis política y económica del país.

Con casi el doble de habitantes de los que posee Chiapas, con 11 millones 123 mil habitantes, la gente joven de la República de Haití ha decidido con más fuerza, abandonar la isla y buscar nuevos horizontes.

Su travesía a lo largo de una docena de países hasta llegar a la frontera sur, entre Chiapas y Guatemala, es el punto neurálgico con el que chocan, se topan con pared, se dice en Chiapas, ante la política impositiva que domina el gobierno estadounidense hacia el mexicano.

Durante todo el año, la concentración masiva de haitianos en Tapachula ha generado un serio problema social para las autoridades del Instituto Nacional de Migración. Entre agosto y lo que va de septiembre, por lo menos cuatro caravanas organizadas al vapor, decidieron salir de Tapachula para centrar su destino la frontera con Estados Unidos.

La voluntad y terquedad que anteponen ante la urgente necesidad de alcanzar su objetivo para tener unos pesos para poder comer, es algo que sólo unos cuantos, apenas se contarían con los dedos de las manos, alcanzaría su objetivo.

Quien se hace acompañar de esposa e hijos sabe de antemano que es una locura intentarlo. Las fuerzas de seguridad de la Guardia Nacional y el Ejército Mexicano, así como del Instituto Nacional de Migración tienen la instrucción de detenerlos, así la comunidad mexicana en todos sus sectores, vean grotesco y un golpe a los derechos humanos, la contención violenta que realizan contra los valientes, pero al mismo tiempo, irracionales grupos de personas que, en su desesperación, buscan el sueño americano.

En el fondo saben que su lucha será infructuosa y si lograsen colarse y caminar hasta el norte del país, ahí su objetivo será sepultado por completo. Las autoridades migratorias del país norteamericano contendrán a los “insurrectos” migrantes y los regresarán al aeropuerto de Tapachula, para que la autoridad federal asentada en esta zona, los regrese a la frontera. Un cuento de nunca acabar.

Por un lado, la imperiosa necesidad de los migrantes de vencer obstáculos para llegar al norte, por otro, las autoridades de Migración haciendo intentos fallidos de controlar su estancia en esta zona y el consecuente fracaso final al no conseguir traspasar la frontera que divide al país gringo con el mexicano. Un suicidio el que a diario intentan.

Si los mexicanos que tienen todas las garantís para desplazarse por el país sin ninguna restricción, fracasan para atravesar la frontera, imagínense la odisea de unos hermanos haitianos que deben recorrer unos cuarenta mil kilómetros desde su tierra natal hasta los Estados Unidos. En línea recta son apenas 3 mil kilómetros. La voluntad, como lo dijimos, es férrea, pero es más doloroso el fracaso.

La insensibilidad de gobernantes que, en lugar de trabajar por su país, como ha sucedido en el caso de Haití, donde incluso hoy en día no se ponen de acuerdo para elegir a su presidente, así como la falta de apoyo internacional para echar andar programas que generen empleos, ha sido la consecuencia de este lastre humanitario.

El caso debe poner en alerta a las autoridades mexicanas, ya que no todo el tiempo se tendrá el dinero, para estar regalándolo mediante programas de becas o proyectos sociales, recursos a todos los sectores de la población. Cuando las reservas económicas se esfumen, como ya está pasando con el dinero que se tenían en diversos fondos o fideicomisos, entonces México empezará a sufrir para alimentar a un pueblo que requiere y exige comida.

Al pueblo hay que darle la oportunidad de que estudie, se capacite, sea autosuficiente y que no siga recibiendo migajas, pues al final del camino sólo se está estancando el desarrollo y refundiendo la pobreza. Se entiende que este es el fin de todo gobierno que quiere mantener el control, pero la insurrección social acabaría por sepultar la utopía que se pretende de ser el país de las maravillas.