Mario Caballero / Columna

Letras Desnudas  /  Mario Caballero

*** La gente tiene hambre, no empacho

Hacía mucho tiempo que una imagen no me provocaba tanto dolor y coraje a la vez. Como la foto de Edu León que publicó ayer Univisión. Es la de un padre venezolano en Rumichaca, Ecuador, abrazando a su pequeña hija en medio de la noche, con temperaturas de casi cinco grados. Está sentado a la orilla de la calle y trata de cubrir con su cuerpo a la niña, que duerme. Los dos son nuestros hermanos, nuestra gente, desposeídos, huyendo del hambre que está matando a muchas personas en Venezuela.
¿Qué está pasando con los gobernantes en el mundo, que enfermos de poder ya no son capaces de sentir la más mínima compasión humana? Teniendo las posibilidades dejan que niños recién nacidos mueran por falta de alimento, tal como está sucediendo en el país venezolano donde seis bebés mueren cada semana por desnutrición y falta de atención médica. ¿Estará cumpliéndose esa profecía bíblica que afirma que conforme vayan avanzando los años las cosas no mejoraran para nadie, sino que irán empeorando? Tal vez.
Ver a un niño sufrir provoca en mi persona uno de los sentimientos más horribles del que todos somos capaces de experimentar alguna vez: la impotencia. Y eso fue lo que sentí al ver esa foto. ¿Qué culpa tiene la bebé de ese hombre de que el presidente de su nación, Nicolás Maduro, sea un tirano que no acepta la ayuda humanitaria a pesar de que la gente ahora mismo está buscando algo qué comer en los basureros?
Un reportaje del New York Times de diciembre de 2017, reveló que los niños venezolanos abandonan sus hogares y se unen a las pandillas donde luchan contra otras por un bocado de comida. La situación es tan grave que prefieren morir en las calles producto de una herida en las peleas, que morirse de hambre en sus casas y ante los ojos de sus padres. Uno de los adolescentes que fue entrevistado dijo que había huido de su familia porque tenía hermanos más chicos que él, y a sus papás no les alcanzaba para darles de comer a todos.
Por eso mismo no quiero ni imaginarme lo que debe estar sintiendo ese hombre que tratando de escapar de la hambruna puede perder la vida junto a su hija en un país extraño. Incluso la misma noche que fueron fotografiados pudieron morir de hipotermia.
No pretendo sonar como esos políticos que se conduelen de los extranjeros cuando aquí mismo en México tenemos nuestros propios infiernitos.

Infiernitos que no cesan
Esto me hizo recordar que hace unos años, ante la muerte del portero colombiano Miguel Calero, el entonces senador Roberto Albores Gleason escribió en su cuenta de Facebook: “Lamento mucho la trágica muerte del gran futbolista Miguel Calero…”. Pero, ¿por qué no lamentó, y mucho, que año con año decenas de niños indígenas de Chiapas mueren por enfermedades curables como la fiebre o la diarrea, o por nuestros hermanos Tarahumaras que también se mueren de hambre en la sierra de Chihuahua? Por decir algo.
El desafortunado comentario de Albores Gleason se ha convertido en un síndrome en la mayoría de nuestros gobernantes que, con la ambición por delante, censuran y critican lo mal que se la están pasando en Cuba, Venezuela, Honduras, Ecuador, Argentina, etcétera, pero son incapaces si quiera de voltear a ver lo que ocurre frente a sus narices. Sin duda es más fácil sentir pena por los extraños, que cumplir con quienes son tu responsabilidad proteger y procurarles una mejor calidad de vida. Esa es la esencia de quienes nos “gobiernan” (así entre comillas”).
No creo, y espero que nunca suceda, que México se convierta en Venezuela. En primer lugar nuestra situación es muy diferente a la de ese país, aunque no deja de ser dolorosa para muchos mexicanos.
En 1981 México era el cuarto productor de petróleo en el mundo, sólo por detrás de la Unión Soviética, Arabia Saudita y Estados Unidos. Ese año los ingresos rebasaron los 100 mil millones de dólares. Era el sexenio de José López Portillo, quien emocionado por la explosión de riqueza, dijo: “Los mexicanos que han sufrido por carencias ancestrales, ahora tendrán que aprender a administrar la abundancia”.
Bueno, todos conocemos la historia: El barril de petróleo que en esos tiempos valía 35 dólares, logró sobrepasar los 100. Pero en 2013, como la maldición gitana, se desplomó a 20. De aquella abundancia que quedó en los bolsillos de unos cuantos, no queda nada. Por la cerrazón, los abusos y la corrupción, México es hoy un país con 53.4 millones de pobres, y Chiapas es el estado con mayor número de gente en esa condición.
En 2013 la FAO y el gobierno de Enrique Peña Nieto firmaron un acuerdo de entendimiento para trabajar juntos en la Cruzada Nacional contra el Hambre, que tenía como objetivo atender a 7.4 millones de personas en pobreza extrema alimentaria con una inversión de 555 millones de pesos.
Pero en 2016, la Auditoría Superior de la Federación detectó que el programa fue un fraude, que del total de despensas que según fueron entregadas sólo se entregó un 7% y que 2 mil millones de pesos de recursos públicos fueron desviados a cuentas en el extranjero. Ese es otro infiernito: millones de mexicanos muriendo de hambre mientras un puñado de políticos se enriqueció con el dinero de nuestros impuestos.
Por otro lado, tenemos unos de los salarios mínimos más bajos en Latinoamérica, de tan sólo 88.36 pesos que equivalen a 2 mil 650 pesos mensuales. Según el Índice Nacional de Precios al Consumidor es insuficiente para comprar una lista de productos para cubrir la alimentación de una familia de cuatro integrantes, desde luego dejando fuera la renta, vestido y ocio.
Otro dato relevante es el creciente desempleo en los estados, donde destaca Tabasco con un nivel de 7.5%, seguido por el Estado de México con una tasa de 4.4%, y la Ciudad de México y Querétaro que ambos tienen 4% respectivamente. Otro infiernito, y ¿alguien se ha preocupado por las miles de familias que no ganan ni siquiera para subsistir y en las que los hijos tienen que abandonar sus estudios por falta de recursos? No nos olvidemos de los millones de jóvenes que teniendo una carrera profesional no encuentran un trabajo digno.
Aparte, en enero se cometieron mil 497 crímenes con arma de fuego, 220 con arma blanca y 392 con otros objetos, es decir, México arrancó el 2018 como uno de los más violentos con 2 mil 156 investigaciones por homicidio doloso, todo esto de acuerdo al primer reporte del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Y ¿qué podemos decir de los más de 102 mil muertos por la guerra contra el narcotráfico durante el gobierno de Felipe Calderón y los más de 104 mil de Peña Nieto?
Hay que mencionar, además, la multiplicación de bandas criminales en casi todo el territorio nacional que se dedican a la extorsión, el secuestro, el robo y el narcomenudeo. Reportes indican que hay ciudades en algunos estados del norte donde hay toque de queda a partir de las once de la noche, que otras están sometidas por la violencia del narco y que en ellas la gente no puede dormir tranquila.
Tristemente esa es nuestra realidad, pero una realidad inexistente para el gobierno federal que se pavonea de haber reducido la pobreza, la violencia, el hambre y la desigualdad, cuando lo que vemos es algo muy distinto a lo que dicen los informes oficiales.

Hambre, no empacho
¿A qué va todo este rollo podrá preguntarse? Porque a la vista de todo esto y de los primeros pasos de López Obrador, creo está confundiendo el empacho con el hambre.
Qué quiere vivir en su casa y no en Los Pinos, bien. Qué volará en clase turista, muy su gusto. Qué hará una consulta por el tema del nuevo aeropuerto, no puede pero qué remedio. Empero, ¿qué gana queriéndose parecer a uno de nosotros cuando lo que necesitamos es un gobernante, no un cuate?
El futuro presidente debe entender que ya no está en campaña y que la mayoría de la gente que votó por él lo hizo harta de los infiernitos, de trabajar largas jornadas ganando un salario que no le alcanza para mantener a su familia, de la violencia, de ser asaltada a cada rato. Y como vio que el PRI no podía darle lo que necesita, optó por un cambio de partido en el gobierno.
Así que debe dejarse de frivolidades, de querer ser un caudillo, un amigo del pueblo, y comenzar a trabajar por lo que en verdad se necesita. México tiene hambre pero de justicia, de un cambio real, aunque ese sea poco. Y no quiere seguir empachado de malas decisiones y peores gobernantes como los que llevaron a Venezuela a ser como es ahora. ¡Chao!

@_MarioCaballero