Ricardo Raphael / Columna

Ricardo Raphael / Milenio

* Un daño irreparable 

A Marcela

María Ester Gómez Monroy, Salvador Azuela Arriaga y otras mil 801 personas fallecieron víctimas del Sars-Cov-2 el jueves de esta semana. Dos nombres que se añaden a la lista de 147 mil víctimas mexicanas en esta pandemia.

Ambos fueron mis suegros, padre y madre bondadosos y amados. Se fueron con solo 12 horas de diferencia. El dolor es grande por su sorpresa: 10 días antes gozaban de buen humor, salud y consciencia.

A diferencia de la mayoría, tengo el privilegio de escribir sus nombres en esta página para apartarlos de la violencia que implica sumarlos, sin adjetivos ni biografía, a la estadística.

Ninguno de los muertos de la pandemia mexicana se merece la etiqueta que suelen usar en la morgue con las letras “NN” (no nombre), y, sin embargo, quienes desde las alturas comandan el lenguaje para referirse a esta tragedia han sustituido los nombres por los números, acaso para que su consciencia lidie mejor con la irresponsabilidad detrás de una política criminal de salud.

Salvador y María Ester se encerraron durante prácticamente toda la pandemia a cal y canto. El pasado mes de diciembre se privaron de festejar las fiestas con sus nietos y sus hijas porque los años y su condición médica así lo aconsejaban.

Sin embargo, el virus sigilosamente se metió a su casa y el resto es una insoportable anécdota.

Ester y Salvador perdieron la vida al mismo tiempo que salió volando por los aires el sistema de salud en la mayoría de las regiones del país. Cuando encontrar oxigeno se volvió un milagro, cuando no hay camas en los hospitales, cuando el personal médico ha llegado al límite de sus fuerzas, cuando faltan medicinas y equipo.

“El fondo del abismo no lo podemos siquiera imaginar,” dice la doctora Laurie Ann Ximénez-Fyvie, jefa del laboratorio de genética molecular de la facultad de odontología de la UNAM.

Afirma también que el daño sufrido por la población mexicana será irreparable, no tanto por razones vinculadas con la pandemia, sino por una gestión criminal de las políticas que debían atenderla.

El día de ayer salió a venta el libro de la doctora Ximénez, Un daño irreparable, cuya lectura será argumento principal en los textos de la historia médica nacional. Sus planteamientos son demoledores a la hora de juzgar, sobre todo, las decisiones tomadas durante los últimos 11 meses por el zar anticovid mexicano, el doctor Hugo López-Gatell.

Como tesis principal este libro advierte que el crimen no ha sido intencional ni premeditado, pero es el resultado de un grupo de médicos que renunciaron a la ciencia porque su móvil principal se volvió la política.

Ximénez cita al matemático Arturo Erdely para resumir la sentencia que pesa sobre la gestión de López-Gatell: “la política no puede destruir a la ciencia… pero puede ignorarla.”

Este libro, publicado por editorial Planeta, es un esfuerzo serio por recorrer cada uno de los momentos, decisiones y discursos en que la ciencia —y los verdaderos científicos— fueron arrojados por el cubo de la escalera.

“¡Ay Hugo, —escribe la autora— ni tú ni nadie puede resistir un archivo!”  

Sobre todo, cuando cotidianamente se está obligado a dar declaraciones en los medios electrónicos, en cadena nacional, las cuales quedan registradas para quien quiera revisarlas con posterioridad.

Ximénez contrasta a López-Gatell contra López-Gatell para exhibir las innumerables incoherencias, contradicciones, mentiras y frivolidades pronunciadas por el subsecretario de Salud, desde el 27 de febrero de 2020 hasta el 10 de enero de este año.

Un daño irreparable es un resumen pertinente de una política epidemiológica que, por inflexible y arrogante, arrebató injustamente la vida a tantos y que, de no modificarse, cobrará todavía muchas más víctimas, independientemente de que se aplique pronto la vacuna.

Entre los puntos destacados está la temprana necedad de López-Gatell por descalificar el uso de cubrebocas, con tal de agradar a un jefe que se negó en redondo a utilizarlo.

También la infundada convicción de que las personas asintomáticas no podían contagiar.

Se añade la guerra emprendida contra las pruebas diagnósticas masivas, que en otros países fueron clave para controlar la diseminación del virus y la atención de los pacientes.

Igualmente, la asesina recomendación para que se quedaran en casa las personas contagiadas, a menos que tuvieran síntomas graves. Se suma el “fiasco” del sistema Centinela y también el fracaso del modelo matemático, supuestamente diseñado por científicos de Conacyt, pero alimentado con información chatarra.

El cuestionamiento más demoledor del libro refiere a la convicción de Hugo López-Gatell sobre las bondades de la inmunidad comunitaria —ofensivamente llamada de rebaño— como principal solución a la crisis sanitaria.

Ese escenario era desde el comienzo imposible —refiere Ximénez— porque habría implicado que más de 80 millones de mexicanos se contagiaran del virus y que al menos 3 millones 500 mil personas murieran.

Y, sin embargo, recuerda la autora, López-Gatell llegó a proponer que, inclusive el presidente Andrés Manuel López Obrador, adquiriera la enfermedad para luego volverse inmune.

En su descargo, entonces el zar anticovid no sabía que las personas podemos ser contagiadas varias veces por este virus y por tanto no hay evidencia de que logre alcanzarse tal inmunidad sin vacunas.

No menciona Ximénez el último error criminal de la política sanitaria: la guerra que el zar emprendió contra las vacunas y que, para fortuna del país, perdió frente a otros integrantes del gabinete.

Salvador y María Ester, los que nos quedamos hablaremos de ustedes con su nombre, contaremos su tragedia y nos rebelaremos cada vez que se renuncie a la ciencia para hacer demagogia. 

@ricardomraphael