Sr. López / Columna

La Feria / Sr. López 

** La única vacuna 

La prima Tina (Martina), dejó plantado al novio al pie del altar en la catedral de Toluca porque algo no le ‘latió’; ¡vaya! Pasados un par de años, esplendorosa en su traje de bodas, ya en catedral, con nuevo novio, cuando el cura preguntó si aceptaba como esposo al ilusionado joven de frac que estaba a su lado, se hizo un pesado silencio, el sacerdote repitió la pregunta, el novio la miró…y resonó en la nave del templo el rotundo ‘no’ de la prima, que a vestir santos se quedó diciendo que estaba más a gusto sola, sin aguantar a nadie, aunque su mamá decía que por desconfiada no sabía del gusto de aguantar a alguien. Eso decía. 

En diferentes fechas nos hemos ido enterando de algunas encuestas sobre el maltrecho estado en que se encuentra la confianza en México: ‘Crece la desconfianza en las cifras de contagio y muertes por COVID-19’, Consulta Mitofsky… ‘Crece desconfianza entre empresarios’, Inegi… ‘Crece desconfianza entre los consumidores mexicanos’, Inegi y Banco de México… ‘Crece desconfianza en medios de comunicación en México’, Inegi… ‘Crece desconfianza de empresas hacia autoridades’, Inegi… ‘Dudan del gobierno y de los partidos más del 70 por ciento de los mexicanos’, Encuesta Reforma… 

No se crea que ese crecimiento de la desconfianza, sea algo de temporada, más bien parece que así somos los mexicanos. Según la encuesta de febrero de 2014 del Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE), el mexicano en general no confía en nada: en ese año el 60% de los hombres, ni en su sombra; y el 71% de las mujeres, compraba la leche con testigos. 

Que la mujer mexicana sea más desconfiada que el machito nacional, parece lógico y puede considerarse seguro que si cualquier hombre una mañana amaneciera mujer, antes de un mes ya andaría por las noches cazando machos para castrarlos; han sido siglos y siglos de ningunearlas, florearlas con piropos cuarteleros, golpearlas, pagarles menos sueldo a trabajo igual; violarlas, tratarlas como vacas que “para eso es mi vieja”, abandonarlas a su suerte cargadas de hijos; chicanearles los divorcios, escamotearles la pensión y si por travesuras de Cupido o alborotos glandulares, ejercitan sus habilidades amatorias con la libertad que el macho lo hace, son putas pero el hombre, más hombre (permítame, vomito y vuelvo al teclado)… y aparte son legión las casadas que aparte de trabajar y llevar –religiosamente- el sueldo a la casa, cuidan de hijos y esposo, lavan, planchan, cocinan, revisan tareas y oyen quejarse al marido porque le faltó sal a las albóndigas, ¡ay, si serán fodongas! 

Como dato anecdótico, cuando se emitió el sondeo de GCE, hubo protestas del colectivo LGBITTTP (lésbico, gay, bisexual, intersex, transgénero, transexual, travesti, poliamoroso), porque en esa encuesta no los tomaron en cuenta haciéndose mensos como si en este mundo solo hubiera hembras y machos, y exigían se les incluyera dado que igual puede recelar del prójimo un veterinario gay-travesti de tacones altos, que una señora de misa diaria. Algún día nos respetaremos todos y sin clasificaciones nos veremos nomás como personas, algún día. 

Como sea, parece innecesario hacer sondeos de opinión sobre algo que ya sabemos: somos desconfiados y lo somos por algunas tomadas de pelo que hemos sufrido 500 años seguidos y desde antes, que el peregrinaje de los mexicas de Aztlán hasta la CdMx, fue sospechoso: dejaron su tierra disque porque uno de sus dioses lo dispuso así y caminaron siglos en busca de un águila sobre un nopal, almorzando serpiente, cosa que se duda hayan visto jamás, pero uno -el más vivo- gritó de repente: -¡Ahí está! -y los demás, sobándose los pies, juraron que también la veían. 

Se ratifica nuestra arraigada desconfianza por lo difícil que es encontrar la verdad en casi cualquier informe, reporte o estadística oficial, hasta en lo muy básico, como la extensión del país que según Inegi es de 5’114,295 kilómetros cuadrados (1’964,375 de tierra firme más superficie marítima), pero en otros documentos dice 1’964,375 km2 ya con todo; y a mayor INRI, el artículo 42 de la Constitución, donde se define de qué se compone nuestro territorio (plataforma continental, islas, arrecifes y aguas territoriales), se ha modificado dos veces (20 de enero de 1960 y 6 de octubre de 1986), y oiga usted, cuando menos eso no debían manosear, es como la escritura de propiedad del país. 

Sí, hay algunas razones para que seamos desconfiados: sabemos que cualquiera se compra un título de abogado o neurocirujano, certificado ante Notario, pero el chamaco que terminó muy seriecito de ingeniero, jamás se va a titular porque sale carísimo y si se titula a ver si logra tener cédula y si la saca, igual va a acabar de taxista. 

Los tiempos que corren abonan a la desconfianza del tenochca simplex promedio. Los primeros 188 años de ser país, la voluntad y el voto popular eran chiste; luego se obró el portento: la creación del IFE, hoy INE, autónomo, ciudadano, fuera del control del gobierno, y en el año 2000, el partido-gobierno, el todopoderoso PRI, entregó pacíficamente el poder: júbilo, calles desbordantes de exultantes e incrédulos mexicanos, ¡sí se podía!, ¡sí se pudo!, las urnas dejaron de ser cajas de sorpresas, los votos se contaron y contaron… el cielo era el límite. 

Pasó lo que pasó, del PRI al PAN, del PAN al PRI y del PRI a Morena. Aciertos o errores, pero nuestros, no impuestos. 

Y ahora resulta que Morena desprestigia al INE y si no se aviene a sus caprichos, propone exterminarlo, sí al INE, nuestro INE… ¿por qué?… ¿qué pasó?… nada, siempre ha sido así su líder, Andrés Manuel López Obrador lo dejó muy claro cuando no ganó las elecciones del 2006 y soltó lo de “¡al diablo sus instituciones!” 

El plan del Presidente es conseguir otra inconstitucional mayoría sobrerrepresentada en la Cámara de Diputados, reconfigurar un INE a su gusto y preparar el 2024. Y no es nada difícil que lo consiga porque somos tan desconfiados que no confiamos en ir a votar. 

Vote, esa es la única vacuna.